El Evangelio de este domingo nos relata una teofanía: la transfiguración de Jesús, la cuál no se lleva a cabo ante la presencia de una gran muchedumbre, ni siquiera del grupo cercano de discípulos, sino sólo de tres. Esto nos da a entender que Jesús también tenía momentos privados, en los cuáles practicaba oración (la semana pasada, Jesús oraba en el desierto).
Este relato tiene elementos que enriquecen una pau sada lectura a la luz de nuestra fe: ocurre en un monte, sitio de cercanía con el cielo, o sea más próximo a Dios; están presentes Moisés y Elías que son íconos de la ley y los profetas; el resplandor nos proyecta a una presencia divina en este acontecimiento; y las chozas nos sugieren una fiesta del calendario judío.
A pesar de que el rostro de Jesús cambió, y su ropa brillaba, los discípulos reconocen que es Jesús, el maestro. Con esto el Evangelista nos quiere decir que en Jesús la divinidad y la humanidad forman un solo conjunto; y que la gloria de Dios en Jesús está presente en Él antes de la resurrección.
“Hablaban de su muerte” al poner la pasión en esta manifestación de “gloria” nos enseña que la gloria y el sufrimiento están relacionados. Por lo tanto no se puede creer que Jesús sufrió como humano, y fue glorificado en cuanto Dios. Tanto en la Gloria como en el sufrimiento de Jesús, está Dios presente.
Nuestra tarea final es distinta a la de los discípulos, ellos callaron; en cambio nosotros estamos llamados a proclamar el mensaje de salvación, a escuchar
a Jesús y a presentarlo como el que puede dar una palabra de salvación a los hombres y mujeres de hoy.


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