Tú y Yo nos convertimos en varias ocasiones de nuestra vida en esa higuera, que ha pesar de haber sido cuidada y de estar en un buen terreno con buen agua no damos fruto. Esto lo hacemos cuando no potenciamos nuestras cualidades en el servicio a los demás.
Un pensador de la antigüedad al comentar este texto decía: “Si yo fuera la higuera, cuantas veces me habrían cortado”. Pero Dios no quiere nuestra muerte, quiere la conversión, nos da una nueva oportunidad.
El perdón de Dios no es sólo olvidar, sino volver a confiar: “déjale, yo cavaré alrededor y le echaré estiércol”. Cuando Dios nos perdona, vuelve a confiar en nosotros. El volver a confiar es la disculpa más el amor.
Cada uno de nosotros tenemos responsabilidades, si nos descuidamos de ellas la culpa será personal, y así otras personas no hayan sid o testigos de la irresponsabilidad, el primer testigo es la conciencia, que es la que nos premiará o llamará la atención.
Paúl Fernando Dávila, OP.


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