La unidad de Jesús con el Padre es evidente, solo aquel que conoce bien su misión y de parte de quien es enviado puede asumir con infinito amor una carga superior a las propias fuerzas. Es el caso de Jesús que se sabe instrumento del amor del Padre para
cumplir un objetivo mayor, la salvación de todo el género humano.
Entonces, cabe hablar de gloria una vez alcanzada la meta; sin duda que sí. La gloria que recibe Jesús no es la que da el mundo a los hombres que se han destacado por alguna actividad sea personal o institucional, no es la que luce en escaparates ni mucho menos la que solemos leer y mirar en los medios de comunicación.
La gloria de Jesús es la que recibe del Padre, que lo abraza, que lo fortifica, que lo ánima para continuar con el proyecto de vida. Es una gloria que envuelve, que hace nacer a un nuevo estilo de vida, a un nuevo proyecto de hombre. No es una gloria espectacular ni sensacionalista, es la gloria que da el saber que se ha cumplido con un deber, con una tarea.
Es la gloria de la humildad y la sencillez, es la gloria que nace de una responsabilidad, de un sentido de fraternidad universal, es la gloria a la que nosotros también estamos llamados y que por el Bautismo también hemos recibido. Demos gloria a Dios, porque Él ya nos ha glorificado a nosotros por medio de Jesús nuestro Redentor.
Gonzalo Suárez Carvajal, OP.


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